Los incendios son fenómenos naturales potenciados por el ser humano

Los incendios representan una de las amenazas que más preocupa cuando llega verano, por no decir la que más. El riesgo de que cualquier imprudencia o fenómeno natural pueda causar una llama y queme una buena parte de bosques y espacios naturales es presente en gran parte de la región mediterránea durante los meses más cálidos del año.

Aun así, se trata de un elemento característico de esta área, de clima relativamente seco en verano y con especies vegetales que están adaptadas a la presencia habitual del fuego. Son ejemplos de ello el pino carrasco (Pînus halepensis), las jaras (género Cistus), el palmito (Chamaerops humilis) o el alcornoque (Quercus suber). El pino carrasco necesita humedades muy bajas, casi extremas como las que hay durante un incendio, para que sus piñas se abran y los piñones puedan germinar en la tierra seca. Por este motivo es una especie muy importante en la reforestación de zonas quemadas.

Por otro lado, las diferentes especies de jaras necesitan el fuego para que las semillas que ya están en el suelo germinen y empiecen a crecer. Es habitual que pasado poco tiempo después de que las llamas se hayan extinguido aparezcan pequeños brotes verdes en medio de la tierra ennegrecida.

El caso del palmito y el alcornoque es diferente, puesto que la adaptación está relacionada con la capacidad de rebrote, no en la germinación. Se trata de dos especies que vuelve a crecer rápidamente después de un incendio, aunque parezca que la planta haya quedado completamente calcinada. De hecho, el alcornoque sobrevive gracias a la presencia del corcho en su corteza, que le sirve de aislante térmico y evita que el árbol termine muriendo.

Esta relación entre plantas e incendios muestra que el fuego ha sido un elemento habitual en el Mediterráneo. Tanto que ha llegado a actuar como una fuerza evolutiva. Y esto también ocurre en otras zonas donde hay incendios habitualmente. Es decir, se trata de un fenómeno completamente natural.

Intensificación por causas humanas

¿Dónde está el problema, entonces? Primero de todo, la sociedad considera a los incendios como una fuerza destructiva, de aquí la percepción de amenaza que la mayoría tiene en verano. En segundo lugar, porque la acción humana ha alterado su tipología debido a las modificaciones en los usos del suelo y al cambio climático.

El abandono de campos de cultivo y el crecimiento sin control de los bosques implica un aumento en el material combustible que puede tener un incendio; mientras que el crecimiento de las poblaciones, la creación de urbanizaciones en medio de bosques, la construcción de infraestructuras como carreteras y el creciente número de actividades realizadas en espacios naturales incrementan las posibilidades de que la acción humana genere la chispa necesaria para iniciar un fuego.

Un ejemplo de esto es la creación de urbanizaciones dentro de un bosque. Muchas de ellas no tienen una continuidad con la trama urbana y están situadas a menos de 500 metros de terrenos forestales. Con estas características, según las condiciones descritas por el Decreto 64/1995 de la Generalitat de Catalunya en materia de incendios forestales, las zonas urbanas deben de disponer de una zona de protección de 25 metros de anchura desde el perímetro exterior. Seguro que todo el mundo tiene en mente alguna urbanización que no cumple este requisito.

Esto genera lo que se llama como interfaz urbana-forestal: zonas con presencia de vegetación inflamable, de material inflamable fabricado por el hombre y de materiales y elementos de construcción de la vivienda. Y esto causa un cambio en el comportamiento del fuego y en la forma cómo se debe actuar para su extinción, además de los riesgos derivados para las personas que residen en el lugar.

El cambio climático ha exagerado aún más esta problemática, potenciando unas condiciones ambientales que favorecen el inicio de los incendios. Temperaturas más altas y una menor precipitación en verano son las tendencias que se prevén en Cataluña para los próximos años, pero que se pueden hacer extensivas a todas las zonas con climatología mediterránea, como nuestro región, California o Australia. Implicando a su vez un aumento de las sequías, otro factor que agrava la problemática de los fuegos.

Sexta generación

Estos son los principales causantes de los llamados incendios de sexta generación: fuegos de rápida propagación, poco previsibles y con potencial para causar daños enormes. Se consideran de esta tipología los que ha habido en Portugal, Grecia, Turquía, Australia o California en los últimos años, o el de Sierra Bermeja, en Málaga, este septiembre.

Los incendios de primera generación se dieron cuando el paisaje forestal discontinuo en Cataluña pasó a ser continuo, en los años 60, con el abandono de las zonas rurales y los cultivos. Más adelante, la rapidez de propagación se añadió como factor diferencial de los incendios, pasando a la segunda generación. En los años 90, con la tercera generación, teníamos incendios continuos, rápidos e intensos, que superaba la capacidad de extinción. La cuarta generación tuvo lugar cuando empezaron a afectar zonas habitadas, como urbanizaciones dentro de masas forestales. Y la quinta apareció con la simultaneidad de incendios de tercera y cuarta generación en la misma área.

Es considera que los incendios de sexta generación surgieron en 2017 y tienen como característica que pueden alterar la atmósfera, favoreciendo la climatología por su propagación, y que generan condiciones atmosféricas a escala continental. La masa de combustible es tan gran que el fuego modifica las condiciones meteorológicas: crea remolinos, tormentas, cambia de rumbo, acelera. Y acaban superando la capacidad de extinción de las brigadas forestales y de los bomberos.

Prevención y adaptación del territorio

La única forma de combatir este tipo de incendios es la gestión del territorio y la planificación del territorio que queremos. Tal y como explica habitualmente Marc Castellnou, responsable de los GRAF de los Bomberos (Grup de Recolzament d’Actuacions Forestals, en catalán), ahora mismo la ciudadanía percibe el espacio natural como un aparador bonito que no cambia y lo que tiene que hacer es decidir qué paisaje queremos en el futuro.

Para Castellnou, los bosques que conocemos están muriendo debido al cambio climático y tenemos que decidir si ayudamos a cambiar el entorno para adaptarnos a la situación o esperamos a un gran incendio que lo modifique todo de forma drástica y traumática. Un incendio que pueda desbordar la capacidad de los bomberos y les obligue a aceptar que habrá zonas que se tendrán que dejar quemar para salvar otras.

Es necesaria una tarea de prevención y adaptación del territorio durante todo el año y de forma continuada que ayude a minimizar el riesgo de que ocurran estos grandes fuegos. Una tarea que implica la participación de todos los sectores, desde el primario hasta la administración pública, sin olvidar la corresponsabilidad ciudadana. La limpieza del sotobosque, subvenciones para la gestión forestal y para fomentar la recuperación de terrenos agrarios y evitar actitudes negligentes pueden ayudar a conseguir este objetivo.

La sociedad debe entender que los incendios son un fenómeno natural, que forman parte de la ecología de los bosques y que se tienen que trabajar incluso cuando no han empezado. Con una buena prevención, con el trabajo de todas las personas que viven y aman el territorio, se puede conseguir. Y también luchando para minimizar los impactos del cambio climático.

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