Proteger los bosques para evitar nuevas enfermedades

¿Y si hubiera una forma de evitar la propagación de nuevas enfermedades? ¿Y si encontráramos una manera de luchar contra los daños causados por nuevas pandemias? Seguro que la medicina y la ciencia sanitaria aportarán más de una. Pero, cada vez más, tenemos pruebas que también podemos encontrar soluciones de la mano de la ecología, la biología y la conservación del medio ambiente.

Este 2020 ha sido un año marcado por la pandemia del coronavirus. Aunque su origen concreto no se conoce del cierto, la gran mayoría de indicios muestran que el virus proviene de los murciélagos. Especies presentes en las jaulas del mercado de animales de Wuhan, punto de inicio de la pandemia, en malas condiciones y capturados en los bosques cercanos.

Precisamente, la deforestación de la zona ha hecho más fácil el contacto entre humanos, fauna urbana, doméstica y salvaje, favoreciendo el intercambio de patógenos. Y el caso de Wuhan y el coronavirus no es único: ébola, MERS o VIH son otros ejemplos. Cada día estamos más seguros que la deforestación y la degradación ambiental están vinculados con la aparición de nuevas enfermedades, tal y como se comenta en The Guardian, La Vanguardia o el Redwood Forest Foundation. Incluso personalidades destacadas en la protección de la naturaleza, como Jane Goodall, también ven un vínculo entre el Covid-19 y el impacto que causamos.

Los bosques tienen fama de ser el máximo exponente de la naturaleza más salvaje, de la biodiversidad en su plenitud. Y su pérdida está claramente ligada a la destrucción del medio ambiente. Es muy obvio el cambio de un paisaje lleno de árboles a uno que se ha convertido en un páramo. Solo hay que ver el Amazonas y los bosques tropicales del centro de África y el sureste de Asia.

El informe en el cual se basa la noticia de La Vanguardia ha sido elaborado por la Agencia Europea del Medio Ambiente y confirma el papel de la degradación ambiental en la aparición de nuevos patógenos. El cambio de bosques y selvas por campos de cultivo, granjas y otras infraestructuras, acercan a los humanos y los animales domésticos a animales salvajes que habían estado aislados hasta el momento, de manera que aumenta la posibilidad de entrar en contacto con patógenos que no se conocían.

Los bosques nos aportan numerosos beneficios: nos ayudan a desconectar, a estar menos estresados, a respirar aire limpio y a huir del ruido. Pero, además, actúan como freno para la propagación de nuevas enfermedades. Manteniendo los ecosistemas naturales en buen estado, evitamos que los animales salvajes se vean afectados por nuestras actividades, reduciendo su estrés y minimizando el contacto con ellos.

Las zonas boscosas del mundo son esenciales para el buen funcionamiento de los ciclos naturales, para las especies y para el ser humano. Si no queremos que lleguen nuevos patógenos y que los daños ambientales nos generen más problemas de salud, tenemos que seguir luchando para proteger los bosques y todos los ecosistemas. De esto depende el futuro de la humanidad.

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