Entrevista a Marta Lacruz. “La educación es una herramienta de gestión ambiental de primera magnitud”

Marta Lacruz es Directora de Desarrollo de Lavola y responsable de Educación. Con más de 15 años en la empresa, su experiencia le ha permitido adquirir un profundo conocimiento sobre la educación ambiental. Por este motivo, hablamos con ella sobre su evolución y el papel que juega en la sociedad.

La educación es una de las herramientas más poderosas que tiene el ser humano a la hora de formar a la sociedad. ¿Cuáles son los objetivos de la educación ambiental?

En los mamíferos el aprendizaje actúa como la forma principal de transmisión cultural. En este sentido la educación ambiental persigue el mantenimiento de nuestras sociedades, junto con el del resto de especies que nos acompañan en este viaje.

Dicho más formalmente, el objetivo de la educación ambiental es capacitar a los ciudadanos a emprender acciones, de manera informada y consciente de las consecuencias que tienen sobre el entorno y las personas, y hacerlo de forma responsable y consensuada con los otros.

Pero, además, debemos tener claro que la educación es una herramienta de gestión ambiental de primera magnitud. Habitualmente no está en las prioridades de la agenda de políticas públicas, pero es la mejor inversión que se puede hacer para revertir hábitos y tener un impacto a largo plazo. Detrás de cualquier acción que emprendamos, siempre habrá una persona decidiéndola y llevándola a cabo. Por este motivo, la educación es una herramienta más perdurable: es una herramienta de transformación.

 

El público principal suelen ser escuelas y centros educativos. ¿A qué se debe?

La educación hacia el público escolar es la que primero nos viene a la mente porque es un público receptivo, está bien identificado y en las escuelas se trabajan los temas ambientales. Además, en las edades más tiernas es cuando se forman los valores y se construyen las relaciones. A medida que nos hacemos mayores, es más difícil revertir los hábitos adquiridos, puesto que el cerebro es menos plástico.

El premio Nobel de economía James Heckman defiende que el retorno obtenido cuando se invierte en educación en el grupo de edad de 0 a 5 años es muy superior al obtenido cuando esto mismo se hace en otros grupos de edad. Con todo, defiende que el retorno de invertir en educación en general es el más rentable que puede recibir la sociedad, también en términos económicos.

 

¿Se puede hacer educación ambiental para otros públicos?

Sí, claro que se puede hacer. De hecho, la educación ambiental no debe ir dirigida solo al público infantil, sino a todos los públicos. Desde el Informe Delors, publicado por la UNESCO el año 1996, se aboga por la educación a lo largo de toda la vida.

En una sociedad cambiante como la actual, donde la población activa no trabajará siempre en el mismo lugar, ni en el mismo ámbito, es fundamental que adquiramos la competencia de aprender a aprender, y que la ejercitemos a lo largo de toda la vida. Si bien es cierto que en las edades más tiernas es cuando se forman los valores, hay conocimientos y habilidades que obviamente se tienen que adquirir más adelante, en la etapa más oportuna del desarrollo psicocognitivo de la persona.

En este sentido, se tendría que ambientalizar todo tipo de educación, es decir, que el valor ambiental esté incluido en todo el currículum educativo y en todas las formas de aprendizaje (sea en la formación reglada, continua, no formal, in company, etc). Que no sea un valor ajeno a la sociedad, igual que no puede serlo la educación para la paz o la educación de género.

 

 

¿Cómo ha evolucionado esta educación a lo largo del tiempo?

En sus inicios el objeto de la educación ambiental eran los sistemas naturales: la relación que se establecía entre sus componentes y el medio, con la creencia que eso que se conoce y se quiere, se protege.

Esta educación naturalística, enfocada en el verde y el azul, se fue orientando progresivamente hacia el gris, hacia la comprensión de los ciclos urbanos de forma paralela a sus análogos naturales. Había la necesidad de armonizar el crecimiento económico con la preservación del medio para las generaciones actuales y futuras, en los que se ha llamado la educación para el desarrollo sostenible.

Afortunadamente, la educación para el desarrollo sostenible ha abierto mucho el espectro y, de la misma forma que los Objetivos del Milenio han dado paso a los Objetivos para el Desarrollo Sostenible, la educación para la sostenibilidad y la educación para la resiliencia tienen que dar lugar a una educación ecosocial, tal y como la llaman los expertos de Worldwatch en el último informe del Estado del mundo dedicado a la educación.

Este nuevo paradigma educativo está basado en 7 principios progresivos de aprendizaje que, empezando por entender cómo somos parte del ecosistema, continúan en cómo nos interrelacionamos entre nosotros, cómo adquirimos herramientas para la vida o cómo ejercemos liderazgos inspirados en los principios de la naturaleza.

 

La sociedad cada vez es más sensible y respetuosa hacia el medioambiente. ¿Se puede afirmar que es gracias a la tarea hecha en educación ambiental?

Está claro que cada vez somos más conscientes que lo que hacemos tiene una repercusión sobre el planeta. Con el tiempo ha ido aumentando el número de ciudadanos sensibilizados, tenemos políticas más avanzadas a nivel ambiental, los consumidores hacen elecciones basadas en el impacto social y ambiental. Este cambio es fruto de la educación y el activismo ambiental.

Hace 50 años que estamos en la era de la ecología y ya empiezan a aparecer las primeras generaciones educadas bajo el paradigma de la educación ambiental. En los años 90 fue incorporada en la agenda educativa de muchas personas y estamos comenzando a recoger los frutos de tiempos pasados. Estas generaciones están ya en los círculos de influencia y en los poderes de decisión. Es un círculo virtuoso que se retroalimenta en positivo.

La acción combinada de todos los agentes preocupados por el medio ambiente -activistas, educadores, ciudadanos, emprendedores, políticos…- es la que ha conseguido grandes éxitos. Por ejemplo, hoy ya no hablamos de la capa de ozono, los CFC o el DDT porque han dejado de ser problemas ambientales. Y, de hecho, no celebramos suficiente que haya dejado de serlo.

Esto no es un mérito atribuible únicamente a la educación ambiental, pero sí que lo es haber contribuido a tener nuevas generaciones con una mirada sensible hacia estos temas y que son protagonistas del cambio. A la vez, como educadoras ambientales, tendríamos que ser conscientes y compartir estos éxitos mencionados como un estímulo que inspire de nuevos.

 

Las empresas y la administración también son más sensibles a los temas ambientales en comparación a tiempos anteriores. ¿Cuál es el papel que deben jugar en la educación ambiental?

En el último informe de la UNESCO “Replantear la educación: ¿Hacia un bien común mundial?” (publicado en 2015) se defiende la necesidad de considerar la educación y el conocimiento como bienes comunes, ultrapasando el concepto de bienes públicos. Una de las consecuencias de esta consideración es la preservación de la educación y el conocimiento por parte de todos los agentes sociales.

Esto significa que todas las empresas, administraciones y agentes sociales deben de tener un papel activo y comprometido a favor de la educación, así como del conocimiento. No se puede concebir que sea un bien común sin este papel activo. Como mínimo, lo que no pueden hacer es despreocuparse de ello. Por este motivo deben favorecer la transmisión de conocimiento y el fomento de la educación.

En Lavola lo tenemos integrado, puesto que para nuestro modelo de negocio comunicamos a la sociedad algunas de las soluciones que realizamos. Pero, además, enseñamos el Ecoedificio a grupos escolares y les transmitimos nuestras soluciones, en qué están basadas y porqué responden a unas necesidades concretas. Estas actuaciones muestran de forma muy concreta y tangible la corresponsabilidad en la educación, necesaria cuando se cree en ella como bien común.

 

Las nuevas tecnologías están presentes en el día a día de muchas personas y esto ha cambiado la forma cómo la gente recibe la información. ¿Ha tenido algún impacto en la educación ambiental?

Realmente ya no son nuevas tecnologías, sino tecnologías actuales y totalmente integradas. Los niños y niñas a quienes dirigimos nuestras propuestas pertenecen a la generación Z, auténticos nativos digitales. Han nacido con la tecnología móvil bajo el brazo y móviles y tabletas son herramientas habituales para ellos. Por este motivo sería absurdo no contar con estas tecnologías.

Por este motivo en Lavola procuramos utilizar la tecnología como complemento de nuestra actuación, siempre que nos sea útil. Por ejemplo, enriqueciendo la actuación de los educadores con Itinerapp, la aplicación que hemos desarrollado para añadir contenidos (audiovisuales, sonoros, etc.) que la educadora no puede suministrar en la visita que conduce o para entender un proceso complejo que no es visible a simple vista.

Con todo, no podemos olvidar que lo más importante en la educación es el objeto y el sujeto, no la herramienta. Y lo que no podemos hacer con las tecnologías es sublimarlas más allá de lo que son: herramientas. Las herramientas tienen que estar al servicio, no ser la finalidad, que continúa siendo la propia de la educación: ayudarnos a entender quiénes somos, cómo relacionarnos con los otros y adquirir habilidades útiles a lo largo de su vida. Para aprender a estar en la naturaleza, es necesario apagar el móvil. La naturaleza habla por si sola y no es necesaria la mediación tecnológica.

 

¿Cuál crees que es el futuro de la educación ambiental?

Me gustaría reivindicar el poder de la educación ambiental clásica. Como he dicho antes, hay una desconexión con la naturaleza y muchos niños no tienen la experiencia habitual de estar en el medio natural mientras que la educación basada en la naturaleza y en el lugar (lo que los anglosajones llaman nature-based and place-based learning) es la única que nos puede hacer conscientes de la interdependencia que tenemos los humanos, como especie y como civilización, con el planeta.

Estos valores tradicionales de la educación en el verde y en el azul continúan siendo la base sobre la que se puede sostener en el futuro la educación ambiental. Es necesario ampliar la mirada, ver que no estamos solos en el mundo, ni somos seres ajenos a la naturaleza, si no que vivimos intrínsecamente con ella.

La educación debe de servir para mostrar que tenemos una corresponsabilidad como seres humanos que vivimos en el mismo planeta, los unos con los otros. Y la naturaleza puede servirnos de inspiración en cómo tienen que estar establecidas estas relaciones, partiendo de principios ecológicos, no solo para reproducir los ciclos de la ciudad o de los humanos, sino para basarnos en relaciones sistémicas y liderazgos naturales. De esta forma se abriría un nuevo viejo paradigma de corresponsabilidad entre las personas y con la Tierra.

Creo que los principios de la educación ecosocial son necesarios para que la educación ambiental pueda ser aquella que nos ayude a conseguir los Objetivos para el Desarrollo Sostenible. Durante un tiempo mirábamos la naturaleza de forma externa, como observadores científicos. En un momento determinado dijimos que los ciclos urbanos reproducían los naturales y empezamos a observarlos, buscando los paralelismos, pero aún desvinculados de la naturaleza.

Ahora debemos tener claro que somos agentes activos y partícipes y tenemos que volver a considerarnos como sujetos dentro del sistema natural, no solo observadores. Hay muchas lecciones por aprender de la naturaleza, no solo las ecológicas.

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